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Donde el sol sale

Noviembre, diciembre, enero en Japón

albano, Huancayo (Peru), marzo de 2000

Hay un pequeño bosque y una pequeña tienda de conveniencia justo afuera de la zona del aeropuerto, pués la alimetación y un poco de sueño son asegurados para esta noche. El próximo día es el viernes, 26 de noviembre; mi primer paseo en bicicleta en el Japón, en el lado izquierdo de la carretera, por supuesto. Mis primeras impresiónes son abundancia de tiendas y de mercancía, aún en poblaciónes pequeñas, abundancia de letras ininteligibles en todas partes y falta de espacio. Afortunadamente, las carreteras estrechas se combinan con coches diminutos, y el sistema todavía funciona en la mayor parte de los casos.

Quando llego al centro de Tokyo, encuentro exorbitantes los precios, siempre comparando con el Perú. El problema empieza con más que 30 dólares estadounidenses la noche para una cama en el albergue juvenil. El próximo día, la historia continua de la misma manera con caros lugares de internet. Pués, busco alternativas. Mi primer encuentro es un bar de fideos economico y fácil: Escoge al buen imagen en la pared, encuentra la tecla correspondiente en la máquina de billetes, entrega el comprobante adquirido a la cocina señalando el tipo de fideos querido y disfruta con palitos. Mientras que comes, no olvides de hacer más ruido posible con la boca.

El siguiente paso para regresar al viajar economicamente es un camping en la playa en medio de las instalaciónes del puerto. Los lotes son pequeños, justo el tamaño de mi carpa. Mucha gente se queda durante el día saboreando lo que probablemente es el último domingo de este año más o menos caliente. Llevan toneladas de equipo y de comida al terreno, y el grupo de la parcela adyacente me invita a su fiesta de parrilladas.

Ahora, cuando nuevamente tengo mis gastos bajo control, otro problema empieza a pesarme: Mi bicicleta funciona en un solo tubo de la horquilla. El otro se ha quebrado. Buscando una solución, se me manda de una tienda a otra. Por fín, algién hace unas llamadas telefónicas para mí y encuentra ayuda. El día número dos del asunto ya trae la solución. En la mañana llego al buen lugar. Allí, practicamente arrebatan la bicicleta fuera de mis manos y empiezan a soldar en una nueva horquilla. Y unas horas más tarde ya estoy de vuelta en las calles de Tokyo; pero solo hasta la noche, cuando una llamada me lleva al apartamento cómodo de un conciudadano mio que vive y trabaja aquí. Hay una vista fabulosa del Tokyo Tower ereguiendose delante de la ventana, y al final de todo, puedo quedarme aquí.

Recibí unos números telefónicos más de un amigo en Suiza, entonces, estes días, varios reuniónes se acumulan en mi calendario. Al mismo tiempo, una vacuna así como también un control dental me esperan. Y mi pasaporte va a la embajada china para sacar una visa. Pero aún sin todo eso no hay ningún modo de aburrirse en Tokyo con sus casi interminables centros comerciales. Libros, ropa, equipo electronico y mucho más están esperando compradores, y ellos llegan apiñandose. Y si eso todavía no es bastante, hay nu montón de templos y santuarios distribuidos por toda ciudad.

Sabado, 11 de dicimbre. Salgo de Tokyo hacia el oeste, en bicicleta, por supuesto. Subo por carreteras otra vez estrechas y sin embargo bien pavimentadas para una mirada desde cerca al mejestuoso monte Fuji, primero cubierto por una cortina de nubes. Los valles, por cuales avanzo durante los sigientes días, son bastante poblados, sin embargo logro cada noche a encontrar un sitio conveniente para mi pequeña casa. Las temperaturas caen gradualmente, y una mañana me pelo desde mi tienda de campaña a un escenario blanco brillante. Las montañas se encuentran penetradas por muchos túneles. Aún aquí arriba no sale difícil conseguir comida, con docenas de almacénes a lo largo de la carretera. Pero las pausas de comida afuera son cortas. Por razones evidentes, la gente intenta quedarse en lugares calientes. Son raros los contactos.

Paso al norte de Nagoya y también al norte del lago Biwa hasta llegar a Kyoto, donde me contento con una vuelta turistica nocturna. El día siguiente, otro sábado, aparezco en Nara con más templos que ver. Rebaños de ciervos están vagando y pegando a la gente que le da de comer. Próxima parada el mismo día: Sakai, al sur de Osaka, donde encuetro el cuartel general de mis componentes de bicicleta Shimano. Y el último alto después de un penoso paseo por Osaka y una subida desafiando: una casa en Kobe - otro número telefónico de mi amigo suizo.

Su hermana vive aquí con su familia. La casa lleva una inmensa cama de huéspedes, una silla de baño caliente y un torbellino de pequeña hija que asegura que yo no me levante tarde. Me quedo hasta Navidad. El primer día de la semana, me encargo de un nuevo problema con mi bicicleta: otro aro trasero quebrado durante mi viaje. Voy a una tienda, se me manda a otra, y allí, negociaciónes prolongados arrancan. Después de muchas llamadas y catálogos, sin embargo, hallamos una llanta apropriada. El día venidero, la misma está lista, y se me la ajusta el cubo.

Una noche, voy al centro de Kobe, donde las arcadas luminosas navideñas atraen miles de espectadores. El viernes, echo una mirada a Osaka y su castillo. Por la tarde, un miembro del personal de Shimano me da la bienvenida en Sakai. Me muestra toda fábrica a mí, y solo a mí. Hasta una seña que está situada al principio de la vuelta: «Welcome Mr. Bernasconi» Por más que una hora, mi guía me lleva a lo largo de lineas movidas de producción y de montaje con robotes y manos trabajando en futuros partes de bicicleta. Hoy es Nochebuena. En casa, un arból adornado, un manojo de invitados y una cena festiva están esperandome.

Domingo, 26 de diciembre. Tiempo para unos kilómetros más. Sigo pedaleando por la costa. No hay muchos ciclistas en las carreteras japonesas en este tiempo del año. ¿Hay que ser loco para hacerlo? El martes me quedo colgado en la rueda trasera de una bicicleta de carrera hasta muy tarde en la noche. El joven manejandola es un estudiante volviendo a su casa para el Año Nuevo - más que 500 kilómetros, todo en un trecho. Antes de decir adios a mi socio y de colocar la carpa, cocinamos espaguetis a lado de la carretera.

Malas noticias antes de llegar a Hiroshima: Otra vez un tornillo quebrado en el portaequipajes trasero y ningun modo de sacar el perno del agujero. Después de visitar al parque conmemorativo de la bomba atómica, encuentro a una mecánica de bicicleta con una perforadora que arregla el defecto. Ni me cobra un yen para este servicio, y al final de todo, me invita a una lata de café. Más tiemplos y más ciervos en la isla Miya, y más ciclismo en la tarde. El viernes, el año se queda sin días. La noche, voy a campar, como siempre, mentalmente preparado para la más grave catástrofe de todos tiempos. Pero la próxima madrugada, el mundo que me rodea, funciona como siempre.

Este día cambio de Honshu, la isla principal japonesa, a Kyushu al sur por el túnel de peatones que une las dos. La próxima ciudad, Kitakyushu, tendría que ser bastante grande para permitir un recambio de mi portamonedas, aún en un día de fiesta. Pero los pocos cajeros automáticos que están abiertos, todos escupen mi tarjeta de credito sin proveer algún dinero. El siguiente día, en el centro de Fukuoka, las máquinas muestran el mismo comportamineto malo. Solo muy tarde de noche, al aeropuerto por poco abandonado, un solitario distribuidor de dinero siente compasión por mí.

De vuelta al centro, alquilo una computadora. Cuando pago, el dependiente me ofrece de dormir en su camioneta en el patio trasero. En la mañana, me lleva a su apartamento. Puedo tomar una ducha y recibo harta comida. Tres días más hasta Nagasaki; con más gente sociable: Un hombre viejo compra comida para mí, un joven me invita a tomar, y en Nagasaki mismo puedo pasar otra noche en el hogar de una pareja. A este tiempo, se que no voy a salir del país desde aquí en barco, como planeado. El transbordador para China, de cual he leido, ha sido suspendido. Entonces, regreso a Fukuoka para una nave al Corea.

La noche antes de llegar a la ciudad, encuentro un lindo sitio de camping, en medio de pinos bajos, cerca de la playa. De regreso a Fukuoka, el mismo anfitrión de antes me da alojamiento. El joven vive en tres pequeños quartos juntos con su socio de empresa. Solo tienen un colchón, pero encuentran algún espacio para acomodarme tres noches hasta que mi barco sale. El lunes, 12 de enero, subo a bordo de esta nave, después de atestiguar una disputa digna al público entre dos mujeres en la sala de espera. Mi compartimineto de dormir en el barco ya está lleno de Coreanos y de equipaje. No les gusta la idea de admitir otra persona más.

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© 28/3/2000 albano & team