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Mi nueva familia

Julio, agosto, setiembre en Ecuador

albano, Huancayo (Perú), noviembre de 1999

No hay mucho movimiento de lado ecuadoriano del puente que atravesa el rio fronterizo. La gente y los autobuses están holgazaneando. Hay muchos obstaculos en medio de la calzada hacia el sur. Clavos, cantos rodados, ramas, aún árboles enteros. El proximo aumento es una barrera con una carrocería quemando. Doy la vuelta por el repecho adyacente, alentado por el gentío cercano. Se me cuenta que el govierno está para aumentar los impuestos en la gasolina. Hace dos días, la población empezó las protestas paralizando al trafico.

Por suerte, siempre hay bastante comida en mi mochila, y es mucho más tranquilo sin coches y camiones zumbando alrededor de mí. El miercoles, llego a Ibarra, después de trabajar en un tornillo quebrado del portaequipajes trasero. El próximo día quiero llegar a la capital, pero la naturaleza instaló un cerrito bonito y dos valles profundos entre Ibarra y allí. Además, los fondadores de Quito escogieron un lugar a casi 3000 metros soble el nivel del mar. Pués, más subidas tenaces tienen que ser superadas. Y la ciudad es bastante grande. Estoy en la periferia con la puesta de sol. Como dos horas más tarde solo, por fin, llego al centro.

El viernes, encuentro a Katja, una amiga de la escuela. No nos hemos visto para años. La madrugada, los padres de Katja llegan al aeropuerto. Me traen las dos cosas más importantes desde Suiza: chocolate y mi nueva tarjeta de credito. Poco transporte publico está en servicio, debido a la huelga. Pero de qualquier modo organizamos todos movimientos necesarios. El domingo, 11 de Julio salimos los quatro para Galápagos, muy lejos de la costa ecuadoriana. Vamos a viajar entre las islas para una semana, una empresa única pero cara. Pagamos aproximadamente mil dólares estadounidenses para el vuelo y el cruzero juntos. Y a la hora de la llegada, las autoridades cobran cien dólares más para la entrada. Prefieren efectivo, pero por fin se contentan con mis cheques de viajeros.

Nuestro barco se llama San Juan. Su equipo consiste de cinco personas. Somos once pasajeros, la mayor parte de ellos suizos. La pequeña cocina produce comida en abundancia, y algunas personas jamás terminan su plato, acaso porque la nave balacea lentamente. Pués, fácilmente recibo la doble ración que necesito, y la gente tiene un tema para sus bromas.

Los primeros días estamos entre las islas de Santa Cruz, Santiago y Isabela, y, evidentemente, desembarcamos. La vegetación en el suelo volcanico, en general, es pobre, al menos al nivel del mar. Pero la fauna abunda sorprendentemente. El domingo descubrimos dos pequeños pinguinos lindos. También vamos a pasearnos en una playa llena de lobos y iguanas de mar desperezandose en el sol. Y se encuentra muchos cangrejos rojos marchando por el arrecife. Aún más sorprende la intrepidez de los animales. Facilmente se podría, pero no se tiene permiso para tocarles. Tampoco se puede, entre otras reglas, pasar las lineas indicadas por las estaquillitas en blanco y negro. Entonces, o se tendrá flamencos diminutos en la foto o se arrastra un teleobjetivo pesado consigo.

El martes entramos Puerto Ayora, un lugarito soñoliento que vive del turismo. Allí vemos pinzónes de Darwin y la estación de investigación Darwin, un refugio para la amenazada tortuga gigante. Hace mucho calor en el sol. A pesar de eso, una de ellas se marcha penosamente para nosotros. Antes de salir del puerto, algunos nuevos huéspedes y en nuevo guía se embarcan. El es más relajado que su antecesor, y le gusta la improvisación. En Floreana, nos hace balancear en una rama plantada en la arena. Sin duda alguna, visitamos el famoso tonel de correos en la misma isla. No era un chiste. El viernes verdaderamente pisamos Española sin tomar desayuno. Sin embargo, no llegamos bastante temprano, y nos encotramos en medio de la muchedumbre regular, molestando a los piqueros y los albatroses que anidan, en ciertos lugares, justamente en la senda.

Cada día tenemos tiempo para observar el sorprendiente mundo submarino con caretas de buzo. Y aún cuando el barco está moviendo, aburrimiento es raro. El equipo coge atún y atrae pajaros de fregata. Una vez, un banco de delfinos cruze nuestro camino. El buen humor de nuestro guía es imperturbable. Cuando la última noche, Katja y yo quieren irnos a nadar alrededor de la nave, se levanta sin quejarse para cuidarnos.

El martes, 20 de julio, después de dos noches en Quito, volamos a Coca en la orilla de la caliente y húmeda cuenca del Amazonas para la próxima excursión. El tiempo corresponde. Varios aguaceros fuertes nos acompañan cuando nos dirigimos río abajo por el Napo con un grupo de alrededor de veinte personas. Por un afluente quieto, llegamos a la laguna de Pañacocha y a las cabañas del mismo nombre. Son diversas chozas de madera separadas, sobre estacas, para retener todo tipo de bichos. También hay un mirador construito alrededor de uno de estes árboles gigantescos de la selva. Cuando hace noche, el ruido de fondo cambia, los insectos que pican se vuelven más agresivos, y encendemos velas.

El miercoles y el jueves, vamos de paseo con guías en lancha y a pie. Vemos varios animales, entre ellos una anaconda bebé escondiendose entre unas ramas y una colonia de grandes y peligrosas hormigas Congo. Efectivamente no encontramos las pirañas en el agua lodoso. Pero vamos a nadar con ellos y les dejamos robar nuestra carne de los anzuelos sin pescar alguno de ellos. También aprendemos mucho sobre las plantas y su aplicación. Una aventura bastante grande para gente urbana es el paso através de un pantano cercano. Algunos de nosotros se llenan las botas de goma. A vez de tomar el avión de vuelta desde Coca, nos decidimos por un largo y áspero viaje en autobus y una parada en los baños termales de Papallacta. Pués, me quedo unos días solo en Quito, pero me reuno otra vez con la familia.

El viernes, 30 de julio, tomamos un bus a Otavalo al norte de la capital. Hoy y el día siguiente callejeamos por los mercados extensos. El negocio más importante es la artesanía local: jerseyes, manteles, bolsas y mucho más, que jamás se tiene que comprar sin regatear. Aún más actividad se encuentra en el mercado de animales temprano el sabado, donde los olores de cerdo asado y estiércol se mezclan. El domingo, por fin, damos una vuelta por los pueblos rodeando la ciudad para ver como la gente hila y teje, pero todos nos conducimos bastante torpes intentando operar los telares.

Los días siguientes, tengo que despedirme de mis amigos. Los padres de Katja regresan a su casa volando, mientras que ella va al sur del país. Yo planeo ir en la misma dirección, pero otra vez en bicicleta. Y todavía no está lista. Se tiene que cambiar algunos rayos quebrados en la rueda trasera, el sillín necesita una nueva capa, y lavar y lubricar no hacen ningun daño. Mientras tanto, se puede encontrarme frecuentemente en los cafés de internet en la nueva ciudad, donde los turistas congregan. Qualidad y costo, en general, son un poco más elevados aquí, pero la competencia entre los numerosos lugares ofreciendo conexión a la red retiene los precios bajo; alrededor de un dólar estadounidense la hora. Aquí, también se encuentra el servicio net2phone (de la red al teléfono) recén introducido, con cual se habla por internet para la fracción del precio de una llamada a larga distancia.

Antes de que mi vehículo está listo, encuentro un ser humano fascinador, tan fascinador que decido quedarme más días con esta persona. Una noche, cuando estamos paseando por las calles de la ciudad, algunos dudosos jovenes se dirigen hacia nosotros. Uno de ellos agarra mi pullover, me invita a entregarle mi dinero y, en el mismo segundo, rocia una grande porción de gas lagrimógeno en mi cara. Una fuerte patada a su panza le demuestra que sus planos no se realizarán tan facilmente, y se retira con sus compañeros. Pero mi compañia a mí ha perdido una chaqueta en el asalto, y yo ya no puedo abrir mis ojos para un buen rato. Aún la mañana siguiente todavía puedo sentir el residuo de la rociada.

Mi último compañerismo tiene sus aspectos malos, pués la despedida no me sale tan difícil. El martes, 24 de agosto,  por fin, de nuevo me subo a mi fuertemente cargada bicicleta y salgo de Quito. Los primeros dos días son fáciles, pero luego, otra vez se muestran unas montañas robustas. Frequentemente hay lluvia y la niebla envolviendome un día no es ninguna sorpresa. La gente de la parte, por cual paso, es más reservada que otra que he encontrado antes, sin embargo se me invita a tomar un café, quando acampo cerca de una finca. No es fácil llegar al hotel escogido quando entro a Cuenca el domingo. Parece que la mitad de las calles del centro están actualmente en reparación. Sino es un lugar simpático.

Solo me quedo un día, porque los sesenta días que recibió para Ecuador están para llegar a su fin. Escojo a la ruta más difícil, pero con vistas lindísimas, por Loja, siempre superando tremendas diferencias de altura. Mi penultima noche en el país, la paso en un pueblito, donde un viejo me lleva al comedor de su esposa, el cual otra gente, según sus indicaciónes, aparentemente no apreueba. La última noche, el oficiál del puesto de aduana acerca de cuarenta kilómetros de la frontera me da hospedaje. El sábado, 4 de setiembre, mi último día legal en el país, alcanzo la ciudad fronteriza de Macará por un tramo que están pavimentando solo estes días. El gentío por los alrededores de la ciudad no espera a mí, pero a una carrera de carros cruzando la frontera. Transformo mis últimas monedas de sucres en comida y entro al Perú, rumbo a nuevos descubrimientos.

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© 15/11/1999 albano & team