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Estilo japonés y más espera

Marzo, abril, mayo en Nicaragua, Costa Rica, Panamá

albano, Cali (Colombia), junio de 2000

La frontera hacia Nicaragua es bastante dura. Primero, lleno un formulario con dos oficiales afuera. Entonces, tengo que pagar como dos dólares en el edificio principal. Insisto de pagar en moneda nacional, pero no se acepta mi pequeño billete, y no hay cambio para el billete grande. Mientras que están encontrandolo, completo otro formulario para mi bici, y después, la oficina emite un permiso para ella. Por fin, recibo un grande sello de vehículo en mi pasaporte.

Unos centenares de kilómetros más allá está Managua, en el lago con el mismo nombre, en donde estoy los ultimos días del mes. Hay grandes areas verdes, donde había casas antes. Y hay gente que vive en esqueletos de concreto cerca de ricos hoteles y centros comerciales. La nueva catedral se ve como una fábrica. En las calles de Managua, encuentro a otro ciclista de vuelta, Daisuke, un japonés en su viaje del mundo.

El primero de abril salimos juntos de la ciudad. En la tarde, llegamos a Granada en el gande lago de Nicaragua. Daisuke para, cuando descubre otro japonés a lado de la carretera. Los dos intercambian unas palabras en japonés y, otra vez más, se nos invita - para un paseo por la ciudad, y después para una comida japonésa hecha en casa y para pasar la noche.

La siguiente mañana aún recibimos mucha medicina para el camino. Dos días más hasta la frontera, pasando los dos conos de vulcánes, que dominan el lago. Luego, otro contacto complicado con la administración del país. Primero, una larga cola en la caja, luego, en otro edificio, varios oficiales aburridos, que, de vez en cuando, ponen un sello en un pasaporte, si el cliente ha pagado antes. Y otra media hora de cola para un sello gratuito en mi formulario de vehìculo, que otro funcionario retira unos kilómetros más allá. Daisuke no tiene formulario, pero pasa con unas palabras amistosas. Entrar a Costa Rica es considerablemente más fácil.

La siguiente mañana, otra sorpresa nos espera. Hemos cerrado nuestras bicicletas con llave afuera del cuarto de hotel. Mi amigo aún ha dejado puesto las maletas, y alguién piensa que es una buena idea de llevar algunas cosas, incluido mi bomba de la bicicleta. Encuentro misterioso la noche en Liberia, cuando buscamos alojamiento. Un borracho nos lleva a su casa y su mamá nos dice que debemos partir, si deseamos que nuestras posesiones no sean robados por su hijo.

El martes 6, subimos al Lago Arenal, embalse y atracción turistica. La carretera por la orilla es áspera. Nos movemos lentamente y para cambiar, vamos a ver el variado jardín botánico. Más tarde este mismo día se nos sorprende Pequeña Elvecia, una concentración de alquerias suizas. La noche, la pasamos en carpa al costado del volcán Arenal, el cual, de vez en cuando, atrae la atención con un retumbo rugido. En la mañana, aún se muestra sin nubes.

Desde aquí a San José, tenemos que cruzar unas montañas, y encontramos más símbolos suizos: vacas con manchas negras y ubres estellandos en pastos suculentos. Nos quedamos en la capital por algunos días.

El domingo, encuentro un tipo suizo con muchas dificultades: equipaje y pasaporte robados y una novia llorando en la estación de policía. Le presto unas monedas para que pueda telefonear a sus padres. Más tarde, junto con un amigo japonés, volvemos a encontrar este tío desafortunado. Tiene aún más mala suerte: Como no quiere presentarme su novia, no le presto más dinero para un hotel. Unos días más tarde, lo encuntro una tercera vez - en el tablero de avisos en la embajada suiza, junto con el anuncio de que algunas de sus historias podrían ser falsas.

Además, San José tiene una zona peatonal regular y un jardín zoologico eminenete. También visitamos la embajada de Japón y algunos jovenes que trabajan por el programa japonés de desarrollo.

El jueves, 15 de abril, Daisuke y yo nos separamos. El continúa hacia el Caribe y yo hacia el lado pacifico del paìs, pasando por su puerto más alto. En esta región llueve practicamente todo el año. No hay ninguna excepción cuando yo estoy. La bajada de otro lado es particularmente fea, y debido a la precipitación, muchas partes de la carretera no tienen pavimento. Siguen unas colinas que están llenas de plantaciónes de piña.

El martes, giro a la derecha hacia la peninsula de Osa, y acepto la oferta del unico inspector de gasolineras del país de llevarme en su auto hasta Puerto Jiménez para evitar la terrible carretera de grava. El siguiente día, un colectivo me lleva, con solo mi mochila llena, a Carate en la costa del sur, desde donde camino, con tres norteamericanas, a lo largo de la playa arenosa del Parque Nacional Corcovado. Para evitar el calor, preferimos irnos por los bosques, en donde encontramos cangrejos rojos y monos.

Despuès de una noche en el puesto de parque Sirena, movemos unos veinte kilómetros tierra adentro al puesto Los Patos. Allí, encontramos refugio contra una tempestad tropical, que solo se ha anunciado por pocos segundos. El tercer día, salimos del parque atravesando un río al menos diez veces. Más allá, tomamos el carro de abastos de los guarda-bosques, que nos lleva de regreso a Puerto Jiménez.

Adiós amigas, cuando tomo el barco a Golfito el sábado 24. De regreso en la carretera principal, pedaleo hacia Panamá, y dentro de poco se desata otra tormenta que me hace parar. Son un fastidio diario ahora. Cuando llego a la frontera, me entero de nuevos derechos: Cada persona que sale del país tiene que aportar cierta suma de dinero a la Cruz Roja costarriquense.

En Panamá, antes de llegar a Davíd, me aplana el ruidoso desfile para uno de los candidatos presidenciales, y me sorprende aún otra invitación incondicional. Puedo ser parte de la familia de un fumigador con todos los privilegios conectados. Mi hogar temporáneo es tan cómodo que apenas salgo de aquí durante los cuatro días de mi estancia. Por fines de abril y inicio de mayo, se puede encontrarme en la carretera principal hacia Ciudad de Panamá. Voy en bicicleta a través de las elecciónes: Paredes y varas están adornadas con caras brillantes. La gente escoge un cambio. El domingo levantan la oposición al poder.

Un día después, me cruzo con un ciclista holandés en su camino por las Américas. Y otro día más tarde, un solitario policía me para en la autopista - ninguna sanción, solo curiosidad, como siempre. El puente a través del canal es algo difícil para ciclistas: carriles estrechos, trafico fuerte. Escojo la acera y tengo que llevar las maletas separadas de la bici por un pozo abierto y varias mangueras de compresor.

En Ciudad de Panamá, otra vez más, la diferencias entre los barrios son llamativas. Bloques en decaimiento de una parte, brillantes rascacielos de cristal de la otra, pero también edificios coloniales, renovados y no renovados. Una noche, dos tipos medio borrachos me ocupan con una conversación justo delante de mi hotel. Poco tiempo despuès, una patrulla de policìa y un huèsped del hotel, que quieren ayudarme, averiguan que mis interlocutores no pueden identificarse.

El domingo 9 de mayo, me dirigo al otro extremo del canal, a las ciudades gemelas Cristóbal y Colón. En camino, veo las esclusas del lado del Pacifico y cerca de ellas el cuartel general de las Fuerzas Armadas de los EE UU, cuya presencia está para terminar el fin del año. Sin embargo, con inglés como lengua importante y billetes de dólares en circulación, la influencia de los Estados seguira mostrándose en la vida diaria.

Esta noche, puedo acampar en el suelo de la estación de bomberos cerca del muelle de Coco Solo. En la mañana, llego al cercano puerto de carga por grandes charcos de agua y pasando oxidados contenedores de barco. Allí, quiero coger un bote por la costa noreste a Colombia, porque no hay ninguna carretera.

Pero los vigilantes del puerto no son serviciales de todo. Sin carga, no hay ninguna posibilidad normal de entrar a la zona, y me dejan esperar afuera todo el día. Alguién me cuenta, que esta noche sale un barco en mi dirección. Con mucho empeño, se me acompaña al capitán en la noche, pero él estrictamente rehusa pasajeros. Por fín, muestran piedad por mi, y puedo pasar la noche adentro de la cerca. Otro día y medio esperando afuera con poca información llegando: La unica barca para mí debería llegar dentro de unos días.

De regreso a la estación de bomberos, puedo quedarme hasta el arribo del barco misterioso. Es difícil de llevarse bien con los animales de acá. Cangrejos y ranas en la carpa no son problemas, pero los mosquitos ejecutan su trabajo sangriento durante los 24 horas del día. Y uno de los perros de los bomberos parece odiarme y mucho más a mi bicicleta. Un dìa, un amigo me lleva a la esclusa de Gatùn, donde las naves vencen la diferencia entre el mar y el lago de Gatún en tres etapas.

Colón, la ciudad con su puerto franco y su población en su mayoría negra, no es muy espectacular, pero tiene una pequeña sorpresa para mí: Cuando camino por las calles, repentinamente, alguién agarra mi bolsa desde atrás. Aterrizo en mis nalgas, pero la bolsa y su correa fuerte siguen colgadas en mi hombro. Veo a un hombre negro tirandose. Poco después, un carro de policía para de mi lado, y me dicen de montar. Tienen el tipo atrás en el portamaletas. Vamos al cuartél, y él recibe unos meses de cárcel.

Después de dos semanas esperando, todavía no hay ningún barco para mí, solamente nuevas palabras de esperanza y consuelo. El lunes, 24 de mayo, por fín se enteran que la barca sufrió una avería en el camino y está en reparación. Ya he esperado bastante. Llamo a Ciudad de Panamá y reservo un vuelo para el día siguiente.

En la tarde, me voy de mi estación de bomberos, y, después de una noche en el sillín, con muchos perros molestandome, encuentro el aeropuerto que recién ha sido trasladado. Reduzco el tamaño de mi bici y paso con la migración antes del despegue del pequeño avión.

La tercera escala es en Puerto Obaldía, un pueblo más pequeño que su campo de aterrizaje que está cerca de la frontera con Colombia. No hay un servicio de barco regular hoy. Por eso, después de visitar el micro-consulado colombiano, arriendo, junto con otro viajero, una barca que nos lleva justo a través de la frontera al próximo país.

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© 11/9/2000 albano & team